parallax background

Entrevistas


El Profesor Rossa
y el mundo de los animales

Por Juan Calamares
Fotografías por Sofía Garrido P.

ANIMALES



—¿Cómo surge su interés por el mundo animal?
Toda la vida amé a los animales. Viví en una casa con un gran patio y como había muchas plantas llegaban una enorme cantidad de insectos, arañas, lagartijas y colibríes que succionaban el néctar de las flores. Mi mamá me vestía con un mameluco azul, de esos antiguos, con tirantes, y yo llenaba los bolsillos con caracoles. Los juntaba, realizaba una especie de análisis y hacía generalizaciones. Yo no soy zoólogo, ni biólogo, pero durante más de cuarenta años me dediqué a recopilar y estudiar datos curiosos sobre animales.

      ¿Qué lecturas lo ayudaron en su formación?
   De niño leí los dieciséis tomos de la Enciclopedia Barsa y de ellos hice resúmenes a mano, que recopilé en orden alfabético. Si quería refrescar un dato sobre un animal, me iba a la letra correspondiente. Y si consideraba que faltaba información, lo completaba, pero siempre con datos curiosos, que pueden analizarse desde muchos puntos de vista y que ayudaban a aclarar afirmaciones erróneas sobre los animales. Uno detecta incógnitas y la respuesta está en la propia naturaleza, que es muy sabia.

      Usted ha viajado mucho. ¿Presenció tradiciones relacionadas con el maltrato animal?
Vi osos bailarines en las calles de Rusia. Es algo terrible, pues los entrenan en planchas de hierro de metro y medio de lado que calientan paulatinamente. El oso levanta sus patitas para no quemarse y por eso parece que bailara. Luego, cuando los sacan a las calles, los ponen sobre esas planchas que ya no necesitan calentar porque el oso se acostumbró a hacer esos movimientos y el solo hecho de subirlo a la plancha provoca el baile. Hace poco comencé a entregar datos curiosos a través de mi cuenta de Instagram y hablé de los encantadores de serpientes de la India. Se supone que tocan una flauta y la serpiente sale de su canasto, atraída por esta música. Error, las serpientes son sordas, simplemente se dejan llevar por la vibración que produce el encantador al golpear el suelo con el pie. Ese entretenimiento me repugna porque a la serpiente le extraen sus colmillos provocándole un daño espantoso, todo para dar un espectáculo y ganar dinero.

       El mundo del Profesor Rossa fue uno de los primeros programas de televisión chilenos en denunciar esos actos. Recuerdo un capítulo sobre la caza de ballenas.
       Sí, las matanzas de ballenas en el norte de Europa eran nefastas. De aquel animal se usaba todo, los huesos, la grasa, etc. Hablamos de un mamífero que llega a medir treinta y dos metros de largo, cuya lengua pesa tres toneladas. Imagina la cantidad de carne que puedes extraer. Eso sin mencionar el uso afrodisíaco que se les da a sus testículos, que pesan quinientos kilos y que se venden en Japón, un pueblo que consume productos supuestamente estimulantes de origen animal, como el cuerno de rinoceronte, el marfil de elefante o el aceite de cachalote. Para un programa de El mundo del Profesor Rossa llegué a grabar las bodegas balleneras del sur de Chile y vi las osamentas. «Esas no son de ballena azul», les dije a los que trabajaban ahí, «son de cachalote y su caza está prohibida». Era fácil darse cuenta porque la mandíbula del cachalote tiene dientes, a diferencia de la de la ballena azul, que tiene barbas. Pero a pesar de esa evidencia siguieron mintiendo.

       ¿Pudo mostrar esas imágenes en el programa?
     No, el canal no me permitía mostrar ese tipo de testimonios y hubo varias situaciones similares. En una oportunidad fui a Viña del Mar a grabar los ductos de agua servidas que llegaban a las playas. De pronto miro hacia arriba y veo cuatro tipos vestidos de negro. Bajan, me saludan y me piden que por favor no filme los ductos. Eran de la Municipalidad y sabían perfectamente que esa playa estaba contaminada y que al día siguiente, ahí mismo, se bañarían niños. Les dije que igual lo mostraría, pero cuando estaba editando el programa me llaman de la gerencia del canal para pedirme que no lo mostrara. «¿Por qué?», les pregunté. Me respondieron que tenían muy buena relación con la Municipalidad de Viña del Mar y que mi deber no era mostrar ese tipo de noticia, pues mi programa era infantil. Lo mismo me pasó cuando filmamos la contaminación de la laguna San Rafael o la basura a los pies de los moáis, en Isla de Pascua. Todas esas situaciones te dan rabia, pero ¿a quién se las cuentas?

¿Qué opina del rodeo?
     Nunca lo aprobé. Lo grabé y vi el maltrato en las graderías. Pero tampoco podía mostrarlo por orden del canal. Pasaron los años y ahora puedo decir que no estoy de acuerdo con ninguno de esos «deportes»: las peleas de perros bóxer; las peleas de gallos, a los que les colocan gillettes en las patas; las carreras de galgos; son todas horribles. En Perú amarran un cóndor al lomo de un toro para dar un simple espectáculo. Y si nos vamos a Europa, al Mediterráneo, vemos tradiciones atroces. Entiendo que estas tienen una historia, pero eso no significa que estén bien. Deben sufrir transformaciones, como ha ocurrido en ciertas partes de España donde se prohibió la tauromaquia. ¿Para qué cortarle la cola a un toro o puncearlo? Son prácticas que surgen de la falta de ética, de la ignorancia. Son tradiciones malformadas, como lo era salir a matar un gato negro porque era de mala suerte o porque era la representación del demonio. Gracias a ese acto cruel proliferó la peste bubónica, que durante la Edad Media, en Europa, mató más de seis millones de personas. Y es que los gatos controlaban las ratas, que portaban la pulga que transmitía la enfermedad. A propósito de la pulga, hace poco enseñé en mi cuenta de Instagram de dónde vienen los nombres de los dedos. El meñique viene de pequeño; el anular, de anillo; el del corazón, precisamente del corazón, pues los griegos pensaban que este dedo estaba relacionado con el corazón; el índice, de indicar; y el pulgar, de la pulga, porque servía para matar pulgas.

EDUCACIÓN

      Háblenos de su experiencia en África
Hice ocho safaris: Sudáfrica, lago Victoria, Kenia. Seguí el comportamiento del hipopótamo. Me metí en los criaderos de cocodrilos. Llegabas a restaurantes y te daban carne de jirafa, de elefante, de animales que supuestamente habían muerto naturalmente en las reservas, pero no era verdad, porque veías los agujeros de bala en la carne que te servían.

  ¿Qué opina de los zoológicos?
No estoy muy de acuerdo con ellos. Deberían dedicarse a la obtención de especies en peligro de extinción y así ayudar en su procreación y no a la mera exhibición. Deberían conocer las necesidades del animal para otorgarles una buena calidad de vida. Yo fui padrino del Zoológico Nacional de Chile, en el Parque Metropolitano. Les regalé un hipopótamo, pero me preocupé de que su hábitat fuera adecuado, de que tuviera luz y sombra, tierra, agua y temperaturas variadas, similares a las de África. Casi me matan por hacer todas esas exigencias, pero era mi condición para donarlo, si no, no lo habría hecho.

  ¿Qué problemas ve en la educación escolar?
El problema de la educación es que se implementa en función de las actividades de los padres. Es ridículo que un niño deba levantarse a las seis de la mañana para llegar al colegio a las ocho, cuando nuestro cerebro recién comienza a funcionar en condiciones óptimas a las diez, luego de que se oxigena, lo que está demostrado científicamente. La hora de salida de los colegios también se establece en función de la hora de salida de los padres del trabajo y lo mismo ocurre con las tareas que se les dan para la casa. Creen que los cabros son robots, pero a nadie le interesa modificar esa situación.



      ¿Pero podría mejorarse?
Una mejor educación dependerá de los profesores (porque hay miles de profesores y muy pocos pedagogos) y de las herramientas que el colegio les permita utilizar. No olvidaré nunca una vez que un profesor llevó un fósil a mi curso. Era fascinante porque el profesor logró que todos nos relacionáramos con ese objeto. Todos queríamos ser paleontólogos.

  ¿Internet facilita el proceso educativo o lo dificulta?
Estamos pasando por un proceso de cambio. Hoy para un niño leer un libro no es llamativo, pues hay programas en su celular que se lo leen. Eso no es necesariamente malo porque se puede hacer un análisis de aquella información, pero le quita algo importante, que es la búsqueda del dato preciso y el descubrimiento de las interrelaciones que se pueden obtener con la lectura.

  ¿Cómo valora su influencia en la formación de los niños, a través de su labor divulgativa?
Han sido cuatro generaciones las que crecieron viendo El mundo del Profesor Rossa y Maravillozoo. Hicimos una labor de cuarenta años, muy sacrificada, con la que fomentamos el cariño por la naturaleza. Ojalá siguieran existiendo programas educativos pero los canales de televisión se convencieron de que la educación no vende. Antes no era así.



      ¿Recibió reconocimiento por parte de las instituciones?
He recibido muchos premios a lo largo de los años, como el Premio Doctor José Tohá Castellá a la Divulgación Científica y Tecnológica, y estoy muy agradecido. Incluso gané un premio mundial de Educación, del que Chile ni se enteró, pues llamaron a Canal Trece para avisarme y ellos no me lo comunicaron sino hasta mucho después. No lo consideraron importante.

  Según veo, aquello era habitual.
Sí, en una ocasión me llamaron para cubrir un importante hallazgo. Habían encontrado los restos de un animal prehistórico en Chile, lo que era una noticia transcendental a nivel mundial. Fue maravilloso, porque en lugar de convocar a personajes de la paleontología, me llamaron a mí. Fui a la gerencia de Canal Trece para comunicarles la buena nueva, pero no entendían la relevancia del descubrimiento y solo estaban interesados en los gastos. Me pusieron una serie de tropiezos y finalmente no se pudo cubrir el evento.

  Pero a la larga queda el reconocimiento de la gente que creció con sus programas.
Pero pienso que habríamos hecho un aporte más grande de haber sido apoyados por el Estado. Podríamos haber enseñado para toda Latinoamérica. Hacíamos un esfuerzo enorme, pero lamentablemente no tuvimos ese respaldo, llegamos a un tope. Pero es verdad, el cariño de la gente está ahí. Hasta el día de hoy la gente me sigue felicitando. Es lindo que alguien se acerque y te diga: «Gracias a usted soy biólogo marino» o «Me inspiró para dedicarme al arte». Estoy muy agradecido.



        Durante los años noventa, el Profesor Rossa, junto a Salo Editores, publicó Los secretos del Profesor Rossa como complemento a su popular programa televisivo. La colección de libros recorrió distintos ámbitos del mundo animal, como el de los recién nacidos, el de los animales venenosos, el de los animales acuáticos, el de los seres terrestres, el de los animales más curiosos y el de los tiernos cachorros.

  • Revista Mayo 2019

    Entrevistas