Rebeca F. San Román, escritora: “Tuve una gata llamada Albertina en honor a Las infernales máquinas del Dr. Hoffmann”
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Rebeca F. San Román, escritora: “Tuve una gata llamada Albertina en honor a Las infernales máquinas del Dr. Hoffmann”
Por Pablo Rumel Espinoza

Rebeca F. San Román (1983) es una voz señera del terror gótico en nuestro país. Se hizo conocida por su primera novela, Sinfonía Eterna (Alfaguara: 2009), obra llamativa e inesperada porque aunaba temas como el vampirismo, la muerte y lo sobrenatural. Con Sueños en la bruma (Contracorrientes: 2015), la autora exploró las ruinas de un mundo decadente y colapsado, confluyendo audazmente la ciencia-ficción y el ideario del Romanticismo, lo que confirmó su original propuesta. Periodista de profesión, community manager de la marca de comida de gatos Purina, se reconoce fuertemente influenciada por Anne Rice y sus Crónicas vampíricas que leyó desde pequeña, por Mishima y su estética basada en la belleza y la violencia, y rescata además una trinidad de autoras que admira por su trabajo, como son Jeanette Winterson, Angela Carter y Ali Smith.  Sumado a ello, se declara seguidora del Romanticismo.


De este movimiento ¿quién es el más próximo a ti?


Novalis para mí es fundamental. Cuando recién me interesé en el Romanticismo lo hice desde la corriente inglesa, que aún me encanta, pero en algún momento llegué a la alemana y me voló la cabeza, porque ellos, en especial el Círculo de Jena, elaboraron una teoría totalmente novedosa para su época. Estaban las obras y luego estaba el análisis de las obras y el análisis del proceso creativo y el análisis del análisis de todo, como una especie de fractal, un arabesco, ¡una pasada! Era como esa anécdota de Fichte, que de hecho le hizo clases a Novalis, sobre como entraba al salón y decía a los alumnos que se pararan frente a la pared y pensaran en la pared y luego pensaran en quién había pensado en la pared. Y ¡voila! Ahí estaba el yo.


¿Una obra de Novalis que recomendarías?


Me enamoré de Novalis profundamente al leer su Heinrich von Ofterdingen. Es una obra que ni siquiera está completa, no es de las más conocidas ni de las más aclamadas, pero es preciosa y su poder evocativo es impresionante, hoy quizá pueda parecer incluso un poco naif vista superficialmente, pero la verdad es que puede ser leída a un millón de niveles e interpretada de manera infinita, es increíble.


Y para la gente que no conoce nada o muy poco sobre el romanticismo ¿qué obra podría servir de guía?


Hay un texto muy interesante de Isaiah Berlin titulado Las raíces del Romanticismo, que siempre cito; en el primer capítulo se refiere al hecho de que este paradigma da para todo, llenando páginas y páginas de elementos antitéticos y que son considerados igualmente románticos, o sea es romántico un paisaje bucólico de unos pastores con sus ovejas, pero también una enorme catedral gótica y un bosque virgen jamás perturbado por mirada humana y una oscura ciudad industrial. Todos parecen opuestos y, sin embargo, a la vez pueden ser lo mismo. Entonces el Romanticismo da un poco para todo.


¿Qué lugar le asignas al terror en tus letras?


El terror es probablemente el elemento que unifica mi obra, independiente de lo diverso que puedan parecer mis textos, incluso en aquellos más convencionales, se mantiene presente. Quizá no un terror evidente, sino una cierta corriente subterránea que se asoma por breves instantes, como algo visto por el rabillo del ojo a la rápida, un cierto ruido, imprecisión o contradicción que nos lleva a sospechar que algo no está del todo bien y que quizá las cosas no son lo que parecen. La principal razón por la que uso este elemento, además del placer que me provoca la incursión de lo sublime, es porque realmente creo a pies juntillas que como seres humanos estamos tan aterrorizados ante lo incierto y más aún, lo único cierto que tenemos: la muerte, que vivimos en una burbuja que excluye todo lo que nos parece siquiera remotamente amenazante, hasta el menor atisbo de otredad, encerrándonos en una fantasía que apenas se sostiene. Cerrando los ojos ante las incursiones que el caos hace desde el corazón del abismo atacando nuestra mísera ciudadela positivista. Creo que la mayoría de las patologías de nuestra era derivan de esta negación, de este rechazo a todos esos absolutos que nos recuerdan nuestra propia insignificancia y lo efímero de nuestra existencia: la oscuridad, el caos, la noche, los impulsos más viscerales de nuestro ser, el deseo, las emociones, etc. A través del terror, quiero obligar a los lectores a mirar directo al abismo, acercarlos a la idea de su propia mortalidad y amigarlos con esa fragilidad, con la posibilidad de ese no ser que a la mayoría le parece terrible y que a mí siempre me ha parecido un regalo precioso.


¿Piensas que los fantasmas, los vampiros y los seres de ultratumba tienen un trasfondo real?


Creo que, en general, los fantasmas, vampiros, monstruos y demases son reflejos de nuestros miedos sociales en determinados contextos históricos y por ende nos hablan de nuestros relatos y de cómo nos vemos a nosotros mismos, pero también de ese otro, siempre atemorizante y de contornos imprecisos y cambiantes al que necesitamos marginar. Y muchas veces son una creación consciente que cumple objetivos precisos en cierto momento determinado, como ocurrió con la creación del Adversario, ese con mayúscula, por la Iglesia Católica.

Volviendo a tu trabajo novelístico ¿cuáles son tus temas predilectos?

Me atraen mucho los arquetipos y temáticas clásicas del gótico, el doble, el peso del pecado de los ancestros, la casona o lugar cerrado y laberíntico en que se manifiestan todas las tensiones y contradicciones de nuestra sociedad en apariciones que nos advierten sobre esas pulsaciones reprimidas. Siento que son imágenes súper potentes y atemporales. Siguen muy vigentes, quizás porque seguimos igual de represivos y arrastramos una historia cargada de espantos barridos mal disimuladamente bajo la alfombra. Esto es muy visible en nuestro país, sin necesidad de mirar más que algunas décadas atrás, pero ya cargábamos espectros desde la época de la colonia.


¿Tienes procedimientos a la hora de encarar tu obra?


En general planeo poco a la hora de escribir. Por lo habitual tengo una idea inicial que suele ser el final del texto o alguna escena o temática importante ligada a la resolución de la historia. A veces me siento a escribir el comienzo sólo con eso y luego le doy unos días a la trama para tomar forma en mi cabeza. En ocasiones tengo sólo algunas ideas, imágenes, cuestiones que quiero comunicar o sobre las que quiero reflexionar. El libro o cuento se va escribiendo conforme tipeo y una vez que me levanto del computador, los personajes siguen actuando o discutiendo en mi cabeza, entonces si surge algo importante tomo nota en alguna libreta y luego lo voy incorporando cuando corresponda al escribir. Soy muy poco ordenada o sistemática. Realmente admiro a esos autores que arman toda la trama con sus distintos puntos y estructura aristotélica antes de sentarse a escribir. Por lo habitual sufro la primera mitad del texto, luego ya adquiere la suficiente solidez y se despliega en HD en mi cabeza y cuando llego a esa etapa lo disfruto muchísimo, se escribe solo, sin titubeos ni el menor esfuerzo.


Has mencionado que en la literatura hay una tradición femenina que trabaja mejor lo atmosférico y descriptivo que la literatura escrita por hombres. ¿Por qué se da esto?


Creo que las mujeres tenemos una forma distinta de acercarnos a la realidad y de lidiar con lo que nos rodea, y creo que esto es en parte biológico, pero sobre todo cultural. Al estar relegadas a una posición pasiva de espectadoras y de las que además se esperan ciertos comportamientos y actitudes, por muchos años eso fue exactamente lo que hicimos: observar, reflexionar, recluidas a la esfera doméstica, nuestra vida estaba más volcada al mundo interno, los pensamientos, la sutileza, la fantasía, mientras que los hombres acaparaban el espacio público y por ende lo suyo era la acción. Esto se refleja en la literatura femenina en un estilo más intimista, descriptivo, de detalles y atmósfera, mientras que la masculina es más directa y sin florituras. Obviamente esto es una generalización, pero es la tendencia.

El gótico femenino ha sido denunciado como tradicionalista y convencional debido a ciertos tropos y a que muchas autoras tendían a cerrar la narrativa con matrimonios que volvían a poner a la heroína bajo la sombra masculina, ya no del padre, del padrastro, del antagonista y demases, sino de su esposo. Sin embargo, esta corriente literaria es a la vez profundamente subversiva y revolucionaria si se analiza en mayor profundidad e incluso esos finales con campanas de bodas eran una concesión a la época, pero que otorgaba a la heroína un poder nuevo, ya fuese a través de derechos de propiedad, el rescate de alguna figura importante del pasado como la madre encerrada o la supremacía moral y de carácter sobre su débil esposo.


¿Haz tenido alguna experiencia increíble, conmovedora o fuera de serie con algún animal?


Hace muchos años tenía una gatita que amaba profundamente. Se llamaba Albertina por mi personaje literario femenino favorito, la heroína de Las infernales máquinas del deseo del Dr. Hoffman de Angela Carter, y la encontré un día previo a la primera tormenta del invierno atrapada en un árbol. Cuando la rescaté era tan pequeña que cabía en la palma de mi mano. Era una gatita blanca con una manchita gris en una oreja, otra con forma de corazón en un costado del lomo y otra que abarcaba parte de la cola. Pasábamos todo el tiempo juntas. Y luego falleció de forma ridícula y muy temprana. Ni siquiera había cumplido un año y yo me desmoroné. Estaba pésimo. Supongo que todos los que aman a los animales y conviven con ellos de forma tan cercana entienden perfecto a lo que me refiero. Tenía pesadillas en que soñaba que la veía morir y luego despertaba aliviada pensando que sólo era un sueño para recordar que en realidad ya no estaba. Estaba triste y me sentía sola y la extrañaba desgarradoramente. En fin, así me arrastraba por los días cuando recibo una llamada de mi mamá diciendo que había rescatado una gatita que llevaba horas llorando bajo su auto en la calle. Lucía increíblemente parecida a Albertina, sólo que era blanca entera, sin las manchas. Pero la forma de su carita, los grandes ojos celestes, la forma en que miraba eran iguales. Y lo más curioso es que su actitud, movimientos y todo eran muy similares. Tenía una foto de Albertina echada en un cojín de corazón muy preciosa, y a los pocos días Kyoko (esta vez decidí ponerle un nombre más positivo, de un personaje con un destino menos sombrío: Mogami Kyoko del manga Skip Beat) se colocó en la misma posición y por ende tengo ambas fotos que son iguales. La gente bromeaba diciendo que Albertina había vuelto para acompañarme y que no estuviera tan triste. La verdad es que no sé cómo habría salido del foso en que estaba sin Kyoko. Es mi mejor amiga y ya llevamos siete años juntas y vivimos literalmente pegadas día y noche. Con el tiempo pude ver las diferencias entre ambas gatas. La verdad es que de personalidad son muy distintas, aunque ambas son exquisitas a su modo único, pero esos primeros días su similitud superficial resultaba sorprendente. Hoy creo que tal vez yo lo vi así porque era lo que necesitaba en ese momento. La verdad no lo sé.


¿Recuerdas algún cuento, novela, poema o canción excepcionales que tengan como protagonista a un animal?


Soy un gato de Soseki. He leído muchas otras obras con animales, en especial gatos, pero esta destaca porque es un libro bastante extenso y además está narrado desde la perspectiva del gato, lo cual le da un toque único. Es de las obras inclinadas al lado cómico de Soseki, que por lo habitual no son mis favoritas, pero resulta memorable en su retrato ácido del hombre visto a través de la mirada aguda del felino.