Santa sangre
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Santa sangre
Por Reverendo Wilson

Dentro de esta devota religión que nos permite amar todo lo que rodee las películas de culto, existe un rasgo diferenciador en esos cineastas que transgreden las formas y se alejan de todo tipo de dimensión fílmica convencional: la personalidad cinematográfica amparada en cúmulos de conceptos y diversificación artística, preceptos base a la hora de manifestar una corriente cultural tan distinguida como popular.


Y es así como el que esto escribe concibe al cineasta chileno Alejandro Jodorowsky (90), cuyas múltiples facetas ocuparían varias líneas de este artículo. Por ello, y en relación al objetivo de este miniestudio, nos remitiremos aquí a las labores de escritura y de dirección de cine del oriundo de Tocopilla, quien aglutina en su haber un conjunto de películas tan trascendentales como personales, fraguadas en un más que palpable maremágnum de idiosincrasia conceptual. Películas como Fando y Lis (1968), El Topo (1970) o La montaña sagrada (1973) ensalzan unas maniobras cinematográficas únicas y carentes de todo clasicismo estético, haciéndonos comprobar cómo Jodo manifiesta sus más profundas inquietudes utilizando un lenguaje como el del cine en su máxima expresión. La cámara, que es capaz de representar tanto imagen como arte y sonido, subyace como una catarsis sensorial erigiendo al director chileno como un loable manipulador de conceptos.


Pero volviendo a reincidir en lo injusto que podría ser reducir este ensalzamiento artístico de Jodorowsky reduciéndonos solo a su faceta fílmica, cabe destacar una película en especial, que el que esto escribe aúpa por encima del resto de su obra por una mera cuestión de afinidad genérica: Santa sangre (1989), olimpo visual que Jodo procreó junto al productor italiano Claudio Argento (hermano de Darío) y donde manifestó una sórdida y extraña sensibilidad para el elemento fantástico, seguramente bajo el influjo de la mediterránea asimilación del género por parte de la producción italiana.


Con los innegables tintes autobiográficos presentes en casi la totalidad de su obra, Jodo nos presenta la historia de Fénix (Axel Jodorowsky), hijo de una familia dedicada a los espectáculos circenses, con el que descubriremos los vestigios más importantes de su existencia a través de un viaje cruelmente emotivo, audiovisualmente impactante y donde tenemos a Jodorowsky exorcizando en pantalla algunos de sus demonios, con una imaginería que mutará a medida de que se nos presenten varios aspectos vitales de su dolido protagonista.


Santa sangre tiene varias etapas en su desarrollo, con un primer acto urdido bajo los iniciales compases existenciales de Fénix. El maravilloso y poético score de Simon Boswell, derrochando emotividad en cada acorde de guitarra, supone un envoltorio perfecto para una dramatización ubicada en México, donde el entonces joven protagonista, siendo un infante, verá su núcleo familiar desestructurado bajo una secta de incómoda tradición, un padre inquisidor y la pérdida de un elemento tan familiar para él como lo es uno de los elefantes del circo.


Cierto es que en el pasado a Jodo se le ha echado en cara el maltrato animal en algunas de sus más lejanas películas, pero es en Santa sangre donde regala toda una poesía visual a modo del funeral que en plenas calles mexicanas se le otorga al elefante fallecido. La escena comienza con un sofisticado plano del joven Fénix lamentando la muerte del paquidermo, posiblemente uno de los mayores afectos sensitivos de su dolida infancia, para posteriormente acompañar a la multitud en los honores efectuados por la muerte del animal. El elefante, mamífero de piel gruesa y de trompa extremadamente sensible, adquiere aquí un tributo que lejos de representarse en un campo que pretenda glorificarlo con base en esa privación de libertad como lo son los espectáculos circenses, se sirve en pantalla para que Jodorowsky, en pleno énfasis cinematográfico dentro de su introspección emotiva hacia su protagonista, nos regale una secuencia de excelsa emoción: amparándose en la belleza del animal y de un homenaje post mortem ampuloso pero delicadamente merecido, la escena del funeral de Santa sangre queda en la retina por ser un espíritu honorable y delicioso hacia el respeto animal, que funciona casi como un oasis en una película de tan exquisitas aunque también incómodas aristas hacia un género dado a exponer la crueldad, como lo es el cine fantástico más disruptivo.


Jodorowsky ensalza su condición de narrador con Santa sangre, la que es más que probable quede instaurada en las futuras retinas como su obra más incisiva, gracias a la perfección artística que rescata de su continua sumersión en las dimensiones más transgresoras del cine fantástico, por lo que es justo decir, en lo relativo a la secuencia analizada, que se constituye como un paradigma absoluto que confirma las capacidades de su cámara para transmitir emoción y melancolía, además de una muestra irrefutable de la unión de lo que a muchos nos gusta llamar «cine de culto» con la siempre necesaria reivindicación de la especie animal.