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DERECHO ANIMAL


LA HISTORIA DEL SANTUARIO DE LA TÍA CLAFIRA

UN OASIS EN EL DESIERTO

Por Juan Calamares
Fotografías por Sofía Garrido P.

Carla Correa, una de las fundadoras del Santuario de la tía Clafira, de niña no tuvo animales, pero en la adolescencia participó en una organización que rescataba gatos y perros.

A ella siempre se le ocurrían ideas para colaborar con el grupo: rifas, ventas, todo tipo de actividades. En aquella época pololeaba con Gabriel, su actual pareja, y adoptó una perra a la que llamó Gabriela. La perra dormía entre ella y Gabriel, en una cama de plaza y media, con la cabeza apoyada en la almohada. Tenía pesadillas y se orinaba. Pese a eso o, quizás, gracias a eso, estableció una relación de afinidad muy especial con Gabriel.

Gabriela se fue a vivir a la casa de Gabriel, pero como se comía las plantas tuvo que regresar con Carla. Como allí también hacía travesuras, Carla decidió llevarla al refugio de la organización en la que participaba. Le dijeron que no podían recibirla. Entonces Carla se quedó con Gabriela y decidió crear su propia agrupación.

Tenía dieciséis años y era la mayor de su grupo, compuesto por otras jóvenes. Durante los tres años que duró la organización, esterilizaron cerca de quinientos perros, aparecieron en el diario y fue la única agrupación animalista invitada a la Expo Mascotas de la Quinta Región. En el año 2012 se produjo un incendio en Viña del Mar y Carla, con seis meses de embarazo y a punto de entrar a la universidad a estudiar veterinaria, partió a las poblaciones afectadas por el siniestro. Sabía que no podía rescatar gatos y perros pues en su casa ya había demasiados, pero estaba dispuesta a llevarse algún animal de granja. Encontró una pata con un miembro fracturado y la membrana interdigital quemada por cigarrillos. La llevó a su hogar y la cuidó. Entonces decidió adoptar un cerdito bebé. Coincidió con que la organización EligeVeganismo acababa de rescatar uno y Carla postuló para adoptarlo. Se lo dieron.

Aquel día, cumplía años Carlos, su padre, así que Carla, al llegar a la casa de este con el cerdito, le dijo: ¡Sorpresa! Y entonces el cerdito se quedó a vivir allí.

Carlos fue abandonado cuando tenía un año de edad y fue adoptado por su tía-abuela, Clasfira (no Clafira, Clasfira), una mujer de campo, muy bondadosa, que acostumbraba a invitar a los niños desvalidos a almorzar en su casa. No solo ayudaba niños, sino también animales. Y en aquella época tan estructurada, los años cincuenta, permitía que el padre de Carla tuviera cien conejos, cien gallinas e incluso que durmiera con un caballo en su habitación.

El padre de Carla amaba a los animales. De joven, durante una celebración —de aquellas de campo, que duraban días— vio cómo mataban un cerdo. Él intentó impedirlo, y por eso tuvieron que enviarlo a vivir a otro sitio por un tiempo. En otra ocasión, se enfureció tanto al ver un viejo golpear un cerdo con un combo de construcción, que a los pocos segundos era él quien le pegaba al viejo. Por aquellos tiempos existía la perrera y con una onda se dedicaba a dispararle a los operarios para salvar a los perros. Y pese a que vivían en la estrechez económica, su tía Clasfira le proporcionaba todo tipo de atenciones y siempre le daba el gusto.

Cuando Carla llegó a su casa con el cerdito bebé y le dijo a su padre sorpresa, este no tuvo más remedio que aceptarlo, pues le brindaba a su hija el mismo trato que había recibido de su tía Clasfira: siempre darle el gusto. No solo los unía eso, también lo hacía el amor por los animales, que se había transmitido de generación en generación.

Luego de adoptar el pato y el cerdo, llegaron otros animales, como una yegua de nombre Pancha, a la que le habían dado un machetazo en la cabeza. Cuando Carla se enteró de aquello, fue a buscarla junto a su padre y Gabriel. Carla les temía a los caballos, pero su padre sabía cómo tratarlos pues había aprendido a hacerlo de niño. Carlos acarició a Pancha, le habló y luego la subió tranquilamente a la camioneta. Hizo el camino de regreso a escasos diez kilómetros por hora para que la yegua no se asustara.

Ahora los animales vivían en la fábrica de panderetas del padre de Carla, un terreno espacioso en donde les habían permitido mantener animales, y que pronto llamaron Santuario de la tía Clafira, en honor a la tía-abuela de Carlos.

El refugio fue creciendo: las personas que acudían a ver a los animales pagaban una cuota voluntaria para acceder y así ayudar a la causa. Todo iba viento en popa hasta que les dieron el desalojo. Así, de la noche a la mañana, el Santuario de la tía Clafira y la familia de Carla se quedaron sin fuente de ingresos y en la incertidumbre total.

Se organizó una campaña para reunir dinero y comprar un terreno. Cuatro meses después entró en escena el magnate Leonardo Farkas.

El filántropo se había enterado del desalojo del Santuario y ofreció aportar el cincuenta por ciento de lo que ellos recaudaran en donativos, para adquirir un nuevo terreno. En cuatro meses de campaña, los integrantes el refugio solo habían conseguido cuatro millones de pesos, pero milagrosamente esa suma se incrementó y fue doblada por Farkas. Aquello sucedió el día del cumpleaños de Carla y fue como si se cerrara un círculo, pues la cerda rescatada por EligeVeganismo llegó a la casa el día del cumpleaños de su padre.

Peregrinando con todos aquellos animales, Carla, Gabriel y su pequeño hijo, se instalaron en el actual Santuario de la tía Clafira. Ahora habitan un terreno en Linares de nueve hectáreas y media, despoblado y reseco.

Una cosa era tener el terreno y otra muy distinta habilitarlo para la subsistencia. Durante los primeros tiempos del refugio, Carla y su familia carecieron de luz. Qué decir de señal de Internet.

En aquellas localidades, los campesinos consideran que cualquier terreno, aunque sea privado, pertenece a la comunidad. Por eso los huasos acostumbraban atravesar el cerco del Santuario para que sus animales pastaran, o bien colocaban trampas para conejos o daban caza, incluso, a la fauna silvestre de la zona, asunto al que los miembros del Santuario se oponían.

Un día un huaso apareció en el refugio. Llevaba una escopeta y tenía una correa con municiones cruzadas en el pecho, a lo Rambo.


El huaso quería hablar con el padre de Carla, no con ella, pues la consideraba una niña. Carlos salió de la casa a enfrentar al huaso. Este, que estaba borracho, le dijo que tenía intenciones de matarlos, que otros campesinos querían quemarles el cerro y que él tenía una escopeta con mira láser, con un alcance de quinientos metros y que con ella, desde los cerros, podía reventarles los estanques de agua, sin que nadie se enterase. Lo que el huaso quería era que le permitieran cazar, pero ni Carla ni su familia tenían intención de permitírselo, menos aún en sus terrenos. Le plantaron cara al huaso y este se fue.

Para defenderse de los cuatreros, Carla y Gabriel consiguieron permiso para portar armas y se hicieron de rifles con mira láser. Cuando los cuatreros merodeaban el refugio por la noche, los señalaban con la mira y disparaban al aire. Entonces estos se iban. Para mayor seguridad, cavaron zanjas con chuzo y pala, y cuando los cuatreros los rellenaban, las volvían a cavar, pero con retroexcavadora. Ahora casi nadie los molesta, ni a ellos, ni a la familia que los acompaña a vigilar el refugio, ni a sus voluntarios, ni a sus dieciocho perros.

Han pasado seis años desde que comenzó aquel salto al vacío llamado Santuario de la tía Clafira, en donde ciento sesenta animales —burros, cerdos, gansos, caballos, ciervos, cabras, gallinas, gatos, perros, etc.— comparten una vida feliz, lejos de la explotación y el maltrato al que fueron expuestos, en un ambiente donde impera la libertad y el trabajo duro. Un oasis en medio del campo chileno, tan idealizado, donde los toros castrados sin anestesia sangran copiosamente, librados a su suerte, y donde los caballos todavía malviven amarrados, sin agua, a pleno sol, durante sus horas de descanso. Un oasis en el desierto.

SOBRE LA RIVALIDAD
EXISTENTE ENTRE
EL VEGANISMO Y
EL ANIMALISMO,

CARLA OPINA LO SIGUIENTE:

Nos cuesta usar el término veganismo porque es un movimiento demasiado radical. Cuando nos preguntan qué somos, Gabriel dice: «nosotros no somos veganos, nosotros no comemos animales». Los veganos nos dicen que el animalismo es mascotismo y nosotros les respondemos que no, que los animalistas esterilizan. Y es que el no comer carne puede ayudar a un animal, pero es algo reversible, porque siempre hay alguien que ocupará tu lugar. En cambio, esterilizar a un animal es una práctica que genera un cambio permanente. Durante muchos años trabajé ayudando a perros y gatos y sé que ese contacto directo genera empatía hacia el resto de los animales. De hecho, cuando empecé a rescatar animales, comía carne; fue la experiencia de vivir con ellos lo que me hizo dejarla. Los veganos atacan a los que trabajan con perros y gatos, en lugar de generar una unión.

  • Revista Marzo 2019

    Derecho Animal

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