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TEATRO


LA DIVINA BESTIALIDAD

Por Julio Pincheira

¿Con cuántos animales has interactuado de forma más o menos cotidiana y permanente en tu vida? No, nos referimos a los jefes de tu trabajo, ni a las bestias que encontramos a diario en los medios de locomoción colectiva…
        Si bien el párrafo anterior puede funcionar como un chiste, refleja una sutil diferencia semántica muy presente en la incombustible obra de William Shakespeare, que cada abril sale a flote al celebrarse su natalicio. Quien ha sido catalogado como el más grande escritor de todos los tiempos, el fundador del idioma inglés moderno (así como lo conocemos hoy), captó muy bien la divergencia de significados entre dos palabras muchas veces usadas como sinónimos, pero nunca iguales del todo: bestia y animal.
        Hay que decir que Shakespeare no fue muy dado a poner en escena a animales. Con certeza podemos citar apenas tres apariciones sobre su escenario: eventualmente un ratón en El rey Lear por algo que dice el protagonista en una escena; Crab, un perro en Los dos hidalgos de Verona y un mítico oso en Cuento de invierno. Además, la palabra animal no aparece más de ocho veces en toda su extensa obra, pero son más de 150 las veces que habla de «bestias» e incontables las alusiones a las diversas especies no humanas.
        Para entender esto debemos comprender del mundo isabelino al menos tres aspectos concernientes al tema de los animales: los hábitos sociales, el idioma y la religión. En primer lugar, es imposible imaginar alguna escena de la vida cotidiana, tanto urbana como rural de la época, sin la presencia de animales; en segundo término, debemos saber que la lengua inglesa de entonces estaba en gestación y como tal experimentó profundos cambios no ajenos al contexto político, social, económico y religioso que vivía el poeta y sus coetáneos. En este sentido, las obras de Shakespeare tuvieron un importante rol en la consolidación de lo que es el inglés contemporáneo, creando palabras nuevas y usando las que había de un modo fresco y novedoso para representar del hombre su alma, su condición de privilegiado «animal», palabra proveniente de ánima, palabra latina que designa el aliento, el alma. En este sentido, animal designaba la cualidad de animado, de poseedor de la energía vital que bípedos y cuadrúpedos comparten por ser criaturas bendecidas bíblicamente desde la creación.
        En tercer lugar, recordemos que la Inglaterra isabelina se levantaba sobre un ambicioso sueño, el de constituirse en un imperio con una religión propia, nueva, teniendo una «reina virgen» a falta de vírgenes de yeso a las cuales venerar, como una verdadera teocracia monárquica. Para ello era necesario erguir una cosmovisión coherente con ese fin, a la luz de una interpretación reloaded de la Biblia, donde lo que se entiende por cosmos (orden) y por caos (desorden), fuera distinto a la lectura que ofrecía la visión católica dominante. De este modo, para el emergente orden anglicano, para el imperio isabelino y para la lengua

inglesa había una lectura del Génesis que se refiere a la creación donde lo animal es el soplo de vida que alienta a todos los seres vivientes. De algún modo, la denominación de «bestias» es para diferenciar a las criaturas que preceden del advenimiento del hombre, el que solo llegará al final del proceso creador, al compartir con ellos el «ánima» de Dios.
        Así, las bestias sobre las que Dios sopló su propio aliento en el Génesis, tienen por derecho propio un espacio ganado cuando surge la criatura humana, el rey de esta creación, pero que como buen rey (en una sociedad basada en una teología con monarca a la cabeza, como la que querían consolidar), ha de ser compasivo con sus súbditos, a los que incluso ha debido rescatar por mandato divino en el Arca de Noé. Siguiendo este discurso, donde la teología y la política se entremezclan, el hombre es un ser animado más, soberano sobre los otros, pero monarca caído en desgracia por el pecado, que debe regir una naturaleza llena de bestias que no han cometido delito y que permanecen en una especie de orden natural, que de algún modo le recuerda el «ánima» divina de la que se apartó.
        Dicho esto, es que un ciudadano común de la Inglaterra de la Reforma, que convive a diario con caballos, perros, gatos, cerdos, aves de corral, aves de caza, aves rapaces, liebres, peces, bestias de carga y otras para la diversión, incluso serpientes, lobos y osos, de algún modo ve en los comportamientos de estos algo de su propio espíritu. Por eso todas las comparaciones que un poeta haga de la conducta de un animal con las humanas (percepciones, emociones y sensaciones e incluso sentimientos) eran como poner un espejo ante el que fácilmente se reconocía el espectador, porque sabía que esas metáforas le hablan de su propio paraíso perdido, del que ha sido expulsado por comer del fruto prohibido, aquel que nace del árbol que te convierte en arrogante: el del conocimiento acerca del bien y el mal, el árbol de lo moral, desde donde hemos caído a un destierro donde no podemos vivir nuestra divina animalidad, algo que Shakespeare supo retratar muy bien a través de cientos de recursos literarios que funden las virtudes y defectos humanos con las características de las bestias que cruzaban cielos, mares, bosques, ciudades y poblados de la campiña inglesa, aquellos seres que serían incluso más sensibles y misericordiosos que una hembra humana, como reprocha Hamlet a su mismísima madre: «Un animal irracional hubiera llorado su muerte (la del esposo), por más tiempo».
        Con los años llegó el cartesianismo y la Ilustración que consolidaron la creencia radicalmente antropocéntrica en la supuesta superioridad humana a partir del hecho de pensar, función privilegiada del cerebro, el mismo que –como todo lo viviente– tarde o temprano, como anunció Shakespeare, se habrán de comer los verdaderos soberanos del universo, los gusanos.

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