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TEATRO


El pájaro azul: lo esencial siempre es invisible

Por Julio Pincheira

No es un misterio que detrás de los cuentos infantiles hay una galería del horror y pesadillas de las que todos los adultos huimos. Es cierto que detrás de una historia de hadas siempre hay una realidad tan adversa que necesita la intervención de poderes sobrenaturales que permitan superarla, quizás por eso insistimos en edulcorar al máximo esas historias, para no sentir la amargura de la vida de sus protagonistas tan llena de penurias.
         El pájaro azul no es la excepción. Es una obra de teatro escrita en 1906 por el dramaturgo belga Maurice Maeterlinck (1862-1949) y llevada a escena en 1908 ni más ni menos que por Konstantín Stanislavski (1863-1938), algo así como el «santo patrono del teatro moderno». Desde esa fecha, la obra no ha perdido su lugar destacado en carteleras y escuelas de teatro.
         Se trata de un texto en el que los protagonistas, un par de niños pobres, hijos de un leñador, que no tienen recursos para festejar la Navidad, contemplan muertos de hambre cómo la celebran en una magnifica mansión, con una mesa rebosante de platos… Sí, es gore social puro. Luego aparece un hada que les encomienda salir en búsqueda de un pájaro azul que otorga un magnífico don a quien lo encuentra. Así comienzan un periplo acompañados de las almas o «esencias» de la luz, el fuego y el pan, y, por supuesto, de quienes conocen a la perfección sus debilidades y fortalezas: sus mascotas, la gata y el perro. Juntos visitan lugares que por sus nombres adivinamos van a ser citas con la reflexión, como «el país del recuerdo», «el palacio de los placeres groseros», «el jardín de la felicidad» o «el país del tiempo». Sin adelantar información, podemos decir que hacia el final descubrirán el sentido profundo de aquello que los rodea, lo que genera un cambio en su percepción de la vida y de los valores que creían darles a las cosas.

Debajo de la inocencia aparente de la historia y de la simpleza de la trama (una serie de cuadros que se van sucediendo sin mayor continuidad), el mensaje tiene otras connotaciones, si nos detenemos a observar con atención sus detalles. Hay que decir que para cuando fue escrita, en el mundo teatral campeaba el naturalismo (la corriente que se empeñaba en mostrar la realidad de una manera casi científica, como si se pudiera aprehender en datos duros y respuestas concretas todos los misterios de la vida). Maeterlinck sugiere que para entrar en la comprensión profunda de la realidad hay que quitar el velo racional y entrar en la dimensión del sueño, del estado de asombro que tienen los niños y de conexión instintiva con los elementos, como lo tienen los animales. De hecho, la obra transcurre en un sueño en el que la gata y el perro guían el viaje porque son capaces de percibir el estado de las cosas mejor y más rápidamente que sus pequeños amos.
Hay que indicar que en sus elogiadas obras anteriores, Maeterlick se destacó como un simbolista donde más que ética hay un clara mirada estética. No dejaba enseñanzas para la vida: la fuerza simbolista de su creación radicaba en la ambigüedad, en mostrarnos algo a través de un signo que puede tener muchas interpretaciones, pero que no resuelve el problema del que trata (algo así como «el arte por el arte»). En cambio, en El pájaro azul la alegoría intenta dejar una moraleja; en ella el autor expone su tesis acerca de la vida. Por esto, este cuento de hadas no es solamente simbolismo formal, también es fábula con un evidente tono pedagógico, donde los conceptos se personifican en seres que interactúan para dejar una enseñanza: la esperanza es posible, la vida esconde significados profundos si recuperamos la mirada curiosa del niño, la ternura de los abuelos, la astucia de un gato, el incondicional cariño de un perro hacia su amo.
Sí, El pájaro azul es todo un sueño y toda su atmósfera es irreal. Ya el título evoca lo inefable que puede ser el sentido de la vida (¿habrá algo más inasible que la libertad del vuelo de un ave?), pero es fuera del espacio lógico donde el autor nos indica que están las respuestas esenciales: es en el reencuentro con la naturaleza y sus elementos, en el asombro, en el abandono al misterio donde se encuentra el secreto valor de lo simple y de lo noble de las cosas sencillas. En un mundo donde lo que aparece exitoso es el derroche y la sensualidad (falsa cara de una permanente Navidad consumista), una gata y un perro nos llevan de la mano a preguntarnos por la esencia de las cosas, que no es más que preguntarnos por lo esencial de uno mismo, aquello que nos hace únicos en la vastedad del universo, eso por el que haremos un viaje por un brevísimo tiempo buscando nuestro propio pájaro azul.

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