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TEATRO


EL COLOQUIO DE LOS PERROS, DE MIGUEL DE CERVANTES, O LOS SABIOS TIENEN CUATRO PATAS.

Por Julio Pincheira, dramaturgo y director teatral

Si alguna vez notaste un dejo de sabiduría en la mirada de un perro vagamundo quizás no estabas equivocado, o al menos percibiste lo mismo que Miguel de Cervantes (1547-1616), lo que seguramente le permitió crear El coloquio de los perros, una de los textos más deliciosos de sus doce Novelas ejemplares (concluidas pocos años antes de su muerte).
        La obra limita con la dramaturgia, en la medida que es un diálogo, con muchas y graciosas narraciones propias de la picaresca popular. Lo más característico es que destila sabiduría de vida que solo alcanzan con los años aquellos a quienes llamamos genios inmortales. Básicamente es la conversación entre dos perros ante las puertas de un hospital público de aquel entonces (Sí, puedes imaginar lo peor, pero no por el diálogo canino sino por lo que significaba un centro sanitario en aquella época).
        Con ese escenario de fondo, Berganza y Cipión, canes de mucha calle y poca estirpe, han recibido por una noche el don de la palabra y, como ellos mismos indican, algo superior: el de la razón. En este punto, y comenzando el diálogo, nuestros cuadrúpedos protagonistas deslizan un agudo deslinde entre palabra y razón: «No solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón». Convertidos en expertos lingüistas, a poco andar darán cuenta de que el don de la palabra siendo tan común entre los humanos, no corre a la par con la capacidad de razonar, aunque esta palabra venga de altas y autorizadas fuentes (Las temibles Fakes news no son tan nuevas, parecen anunciarnos estos amigos hace cuatrocientos años).
        Es Berganza quien devenido en un experto «cuentacuentos», comienza a contarnos sus aventuras y desventuras yendo de amo en amo, y cada tanto Cipión, con sorna pero santa paciencia perruna, le interrumpe para hacer precisiones que agilicen la tragicómica narración de un Berganza con tendencia a la dispersión en su afán por mostrar detalles de su gran ingenio, así como de las pocas virtudes y muchos vicios que arrastramos los humanos, observados desde sus tiernos inicios como mascota en un matadero (si lo del mencionado hospital te parecía extremo como telón de fondo, con esto rayamos en el gore), pasando por el mundo de los pastores (que de bucólicos y mansos solo queda la escenografía de la campiña para sus fechorías), e incursionando en las tiendas y patios de mercaderes y diversos amos con tal diversidad de rubros y artimañas laborales que llevan a Cipión a exclamar una verdad que perdura hasta el día

de hoy para cualquier asalariado: «Con gran dificultad, el día de hoy halla un hombre de bien, señor a quien servir».
               Cada estancia con un amo permite a Berganza hacer un breve relato, en el que a falta de palabras para retratar las peripecias vividas, nos da una lección de técnica actoral: «Los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos […]; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos», como nos dice un resignado Cipión, que sabe que ni con cuatro amaestradas patas lograría mostrar lo que significa ser un siervo 24/7 de un humano.
               Desde soldados a poetas, de escribanos a brujas, de doctos a ignorantes, toda la corte de los milagros que somos, aparece en la peregrina vida de Berganza, quien sabe comprender y hasta perdonar con nobleza canina, los ardides por sobrevivir a tanto matarife entre los que nos toca nacer al igual que él. Nuestros mezquinos temores y bravatas de utilería que aparecen al enfrentar el gran escenario de los problemas de la subsistencia y, en particular, de la coherencia ética entre lo que creemos, lo que decimos y lo que en verdad hacemos son motivo de un comprensivo análisis de dos perros que hacen gala de más sentido común que vana especulación.
               Definitivamente, la España de entonces no dista de cualquier sociedad actual; la condición humana no ha cambiado su olor, menos ante el olfato de un perro callejero porque, digámoslo, Berganza ama la calle y su libertad, tanto como la comodidad del ocio doméstico cuando se tiene amo con casa o, mejor dicho, patio propio y criados a los que ladrar. Es esta sabiduría la que les lleva a evitar caer en vanas murmuraciones o un afán explícitamente moralizante: «Nadie se ha de meter donde no le llaman, ni ha de querer usar del oficio que por ningún caso le toca. Y has de considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fue admitido, ni el pobre humilde ha de tener presunción de aconsejar a los grandes y a los que piensan que se lo saben todo».
               Sutilmente, la jocosidad inicial de este par de perros sin más gloria que haber vivido un vida anónima, ni mayor honor que habernos sobrevivido, nos sumerge en una melancólica tristeza cuando nos van demostrando con palabras y razones (que ya sabemos que no son lo mismo), que los humanos no somos más que una especie sin remedio, para la que no cabe más que esa mirada misericordiosa de un perro de la calle, que seguramente has visto, o la de un maduro y genial escritor a pocos años de enfrentar la muerte.

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