parallax background

TEATRO


SIN MASCOTAS NO HAY PARAÍSO

Por Julio Pincheira

Cada 14 de mayo conmemoramos un año más de la muerte de Johan August Strindberg (1849-1912), un maestro renovador de la dramaturgia y del teatro moderno, pero un anónimo, lamentablemente, para el gran público.
        Strindberg, conocido en vida por sus delirios paranoicos, sufría fuertes y permanentes crisis de angustia, con las que dotó a su producción de un estilo inconfundible, donde la intensidad con la que actúan sus personajes hace que sean comparados con verdaderos animales heridos y acorralados. Bajo su constante rebeldía y autodestrucción —y de una muy comentada misoginia— escribió un texto señero que, a más de cien años de ser creado, aún huele a tinta fresca, una obra que interpela a todo el feminismo que se ha levantado desde el siglo pasado: La señorita Julia, escrito en 1888 y todavía un desafío permanente para los directores que se esfuerzan en llevarla a escena una y otra vez.
        Strindberg, embebido de las ideas darwinianas del evolucionismo de su época, con una anécdota mínima (una joven noble, Julia, y su criado, Juan, en una noche de diálogos intensos y decisiones sin vuelta atrás) retrata una sociedad que fabrica seres víctimas de su condición social, que hagan lo que hagan no podrán escapar de lo que han internalizado como natural, como medio de supervivencia, porque al fin y cabo, según el autor, todos somos bestias domesticadas por discursos de clase y de género.
        Como si fuera una tragedia clásica griega, la obra respeta las unidades de tiempo y de espacio: todo ocurre en la noche de San Juan, la noche que Europa celebra el fin del frío, en medio del carnaval popular y en el calor de la cocina de un conde, donde se fraguan los secretos de criados sin mayor edu- cación, y hasta donde desciende una empoderada Julia que, como declara Juan al comenzar la obra y caer la noche, «está loca de atar», más que nunca en aquella noche de pasiones, vino e impúdicas polcas de campesinos que son el contrapunto con el que comienza la obra, cuando la cocinera está hirviendo un brebaje abortivo para la perra de la señorita Julia, que se ha metido con un quiltro cualquiera. Obviamente, una verdadera escena profética de lo que asistiremos a ver.
        Strindberg es un maestro del naturalismo, esa escuela artística que pretende retratar la condición humana sin piedad, pero lo es además del simbolismo, y en su obra no hay detalle puesto al azar, toda la estructura apela a significados más profundos. Entre ellos, destaca el paralelismo que va trazando entre la condición y destino de sus personajes con las alusiones a los animales de la casa.

Una y otra vez nos hará recordar que asistimos a un rito ancestral, partiendo por la perrita condenada al aborto por dejarse arrastrar por instintos sexuales que no saben de clases sociales, continuando con la mención de Juan a sesiones de domesticación con fusta, que apelan a inimaginables encuentros de sadomasoquismo entre aristócratas de buenas costumbres.
        De este modo, la obra irá quedando impregnada del darwinismo de Strindberg, reflejado claramente en el lamento de Juan ante la imposibilidad de ascender en la escala evolutiva social: «Un perro puede tumbarse en el sofá de la condesa, un caballo puede recibir una caricia de una dama, pero un criado...». No hay rincones de la relación entre humanos y animales que no queden al descubierto: es inevitable el recuerdo de la escena de la comparación con el delito de bestialismo (zoofilia) por el que se condena «al culpable, dos años de trabajos forzados y al animal se le mata», según exclama Juan (alerta de spoiler), después de haber consumado el asedio erótico en contra de su patrona, dejando en el aire enrarecido de esa noche la pregunta sobre quién es el humano y quién la bestia que debe ser sacrificada.
        Sin arruinar los secretos del argumento, podemos indicar que sin dudas uno de los momentos de mayor dramatismo es el de las decisiones finales, en el que los minutos juegan en contra de los planes de Juan y del cansancio de Julia, y cuando la noche llega a su fin dejando un reguero de decisiones equivocadas y cuando asistimos al sacrificio de lo más querido por la señorita Julia: su mascota, un avecilla enjaulada que veremos en escena como el símbolo de los afectos genuinos que deben morir para alcanzar las alucinaciones de la ambición. Strindberg se encarga de poner en ese momento la fragilidad del ser humano en la figura de un indefenso lugano, el ave capaz de imitar a las otras aves, siendo besado delicadamente por Julia y sometido por Juan a un sangriento sacrificio en la tabla de despostar carne. Adivinamos el final: nadie que sacrifica a su mascota puede tener un final feliz, nadie que se deshace de quien lo quiere sin condiciones puede acceder al paraíso. Así es la obra, así es la vida, nos ha indicado el autor en el prólogo, pero nos obstinamos en creer lo contrario, en pensar, aunque nos condenemos al infierno de la soledad, que somos superiores a los animales que nos rodean.

issuu