Un muchacho y su gato
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Un muchacho y su gato
Por Juan Calamares - Ilustración Juan Orellana

So long child, I'm on my way 

And after all is done, after all is done 
Don't be down, it's all in the past 
Though you may be afraid 

David Bowie (When the wind blows

Se detuvo junto al charco de agua a llenar su cantimplora y observó un pájaro que cantaba en la otra orilla, sobre un árbol. El pájaro estaba parado sobre una sola pata en una rama y al ver al muchacho emprendió el vuelo hacia el norte y el chico lo siguió. Caminó por una huella, con la mochila al hombro y la cantimplora colgada del cinto, sudando bajo el sol de la mañana y al llegar a un cruce atisbó los páramos de tierra quebradiza que se alargaban hasta al horizonte. 

El gatito estaba sentado sobre una roca. Tenía los ojos pegados con pus y era flaco y estaba lleno de pulgas y cuando el chico pasó a su lado, el gatito se estremeció y levantó una pata hacia él. El muchacho observó el gato. Había visto uno una vez, pero era mucho más grande. Se llenó la palma de la mano con el agua de su cantimplora y le ofreció de beber al gatito, que lamió aquel líquido turbio y luego cayó de espaldas, sacudiendo las patas como un juguete a cuerda. 

El muchacho recorrió medio kilómetro y escuchó los lejanos maullidos del gato, como un pitido o el trinar de un pájaro. Desanduvo el camino y lo halló dando vueltas a ciegas en el mismo sitio en el que lo había dejado y se lo metió en el bolsillo de su chaqueta. 

—Vamos —dijo el chico. 

Buscó refugio entre los matorrales que crecían alrededor de una gran roca octogonal para protegerse del ardiente sol del mediodía junto al gatito, que giraba su cabeza, curioso como el más pequeño de los búhos. Se desató el pañuelo que llevaba en la frente y lo empapó con agua y le limpió los ojos. El izquierdo lo tenía gris, cubierto con una nube fantasmal, pero el derecho era prístino como los ríos de épocas anteriores, de las que el chico no tenía conocimiento. De su mochila sacó una lata de conservas que abrió con su cuchillo de caza y vació el contenido en un plato y puso al gato sobre el recipiente. El gato observó al muchacho con su ojo sano, pero no comió nada. 

—No debí haberte traído —dijo el muchacho. 

Había visto lo que hacían los pájaros con sus crías, así que masticó un trozo de pescado y luego puso la papilla en la boca del gatito y este se relamió y cuando acabó su ración maulló porque quería otra porción. 

—No seas hambriento que no tengo más —dijo el chico. Pasado el mediodía subió por una colina para observar con sus prismáticos señales de peligro. La mala hierba consumía todo lo que se veía: los árboles centenarios que antes habían dado sombra, las rutas, los parques, las viejas estructuras sin nombre que emergían del interior de los caminos. 

—¿Cómo te llamamos? —dijo la muchacha. 
Era más pequeña que él, de unos diez años, y tenía el cabello desgreñado y el rostro escamoso de los que habían sufrido mutaciones. Vestía con harapos e iba descalza porque sus uñas eran largas como las de los marsupiales. 
—Me asustaste —le dijo el chico. 
—Queremos saber lo que llevas ahí. 
—Nada —dijo el chico. 
—Somos los aulladores, porque en la noche aullamos. —La muchacha señaló al gato —: Danos al animal, lo comeremos. 

El muchacho negó con la cabeza. La niña lo tironeó de la chaqueta con las dos manos y el muchacho separó los brazos para quitársela de encima. 

La muchacha cargaba una bolsa de cuero que aún no se curtía y de su interior sacó los restos de un animal. El muchacho se cubrió la boca con el puño de su chaqueta. 
—Aleja eso —dijo el muchacho. 
—No huele mal —respondió la niña—. Lo compartiremos, danos el tuyo.
 —No —dijo el muchacho y recogió sus cosas mientras la niña lo tironeaba de las ropas para hacerlo cambiar de opinión—, es mío. 

Siguió el curso de lo que alguna vez había sido un río y en medio de las raíces secas que emergían de los meandros, observó un resplandeciente plato con surcos concéntricos y aunque no le encontró ninguna utilidad, lo desempolvó para guardarlo en su mochila. 

—¿Qué será esto? —le dijo al gatito. 
El gatito no lo escuchó. Asomó nerviosamente la cabeza por el bolsillo del chico y este lo detuvo para que no se escapara. 
—Quédate quieto —le dijo. Pero el gatito se dio una vuelta completa y sin que el muchacho pudiera impedirlo, agujereó el interior de su bolsillo y se deslizó, divertido, por su pecho hasta salir al exterior. 
—¿Adónde vas? —dijo el muchacho. 
El gatito corrió con la cola levantada y cuando encontró un lugar adecuado, se sentó a hacer pipí y al acabar miró al muchacho maullando tristemente. 
—Sube —dijo el muchacho. 
El gatito cubrió con tierra lo que había hecho y corrió a los pies del muchacho y solo dejó de maullar cuando este lo regresó a su bolsillo. 
—Por suerte avisas —dijo el chico. 

Subió por la ladera y solo armó su tienda cuando el sol del ocaso se posó tras las montañas irradiando llamaradas que reverberaban por el horizonte y entonces observó el misterioso espectáculo del ocaso acariciando la cabeza del gatito, preguntándose si acaso el sol volvería a levantarse a la mañana siguiente. 

—Vamos a dormir —le dijo. 
Se metió en su saco de dormir y muy pronto el cielo se ennegreció. Y como ocurría todas las noches, el chico tuvo miedo de lo que pudiera depararle la oscuridad. 
—¿Qué estás haciendo? —dijo el muchacho. 
El gatito se había acostado en su nariz y ronroneaba mientras le jalaba del cabello con sus manitas.
 —No quiero jugar —dijo. 
El gatito le amasó el cabello y luego dio un salto lateral aterrizando con sus cuatro patas sobre la frente del chico y este tuvo que meterlo en su saco de dormir para que dejara de molestar. 
—No quiero jugar —dijo. 
Se durmió muy avanzada la noche, arropado hasta la nariz, aunque su mente continuó calculando sus próximos movimientos. 

Despertó en la madrugada, alertado porque el gato no lo estaba molestando. Introdujo las manos hasta el fondo del saco de dormir, pero no lo encontró. 

—¿Dónde estás? —dijo. Se incorporó y dio vuelta el saco de dormir y luego hizo lo mismo con su mochila, sin éxito—. ¿Donde estás?, ¿dónde estás? —Y gateando recorrió su campamento, susurrando el nombre del gato, que era Gato, y a los pocos minutos sintió que se ahogaba.

El gato maulló. 
—Shh —susurró el muchacho, amortiguando el ruido de sus pisadas—, no hagas ruido. 

Pero el gato maullaba sin cesar y su voz hacía eco en las montañas y en los edificios de piedra de aquel valle pedregoso y el muchacho sabía que la llamada del gato sería una voz de alerta para los aulladores. Sacudió las manos a ciegas, en busca de su amigo y mucho después lo encontró parado en una rama y lo cogió del cogote como se hace con los cachorros y lo guardó en su bolsillo, pero ya era tarde. 

Escuchó la caravana. Las pisadas desordenadas de la tribu a la que había despertado rodeaban su campamento desde diversos flancos. Entonaban cánticos de guerra en idiomas inventados. Voces de niños hambrientos que por la noche emergían de vetustas capadocias cinceladas en la roca y que marchaban sin líder, pues solo los unía el hambre. 

—Silencio —le dijo al gato. 

No pudo recoger su mochila y corrió con el gatito en su bolsillo, que temblaba y maullaba tanto que tuvo que cubrirle la boca. Tropezó en una bajada y rodó. Protegió al gato de la caída con sus codos y luego de estrellarse se puso de pie a duras penas, trastabillando en medio del chillido de los niños que parecían provenir de todas partes. 

Cortó recto y a ciegas por el sendero que había recorrido el día anterior y sintió un latigazo de dolor en la pantorrilla porque lo había alcanzado un piedrazo. Se cubrió la boca con el puño para no gritar y cojeó unos quince metros, hasta que el piso desapareció de debajo de sus pies y se sorprendió deslizándose por una larga pendiente, hasta estrellarse de costado sobre un manto de arena, a pocos metros de un roquerío. 

Tuvo pesadillas durante el resto de la noche. Imágenes de otros tiempos, de otras guerras donde él era hecho prisionero y no podía prestar ayuda a su amigo gato, que se quedaba completamente solo entre los restos de aquella batalla. En su sueño, él era un viejo y el gatito se había mantenido del mismo tamaño pese al tiempo, y podían comunicarse por medio de gestos y los habían separado justo mientras disfrutaban de un gran banquete y bebían grandes cantidades de agua pura, en medio de un verde bosque que era su pequeño paraíso. 

Al despertar vio al gatito por la medialuna de los ojos, parado en medio de una extensa playa gris que se extendía hasta el horizonte, como un espejismo o como la continuación de su propio sueño. Se puso de pie cojeando y se lo metió al bolsillo. 

—Vamos —le dijo. 

Recorrió la explanada y contempló una estructura de cemento por encima del horizonte. Un blanco edificio resplandecía bajo el sol de la mañana. Un refugio o un gran punto de encuentro para los humanos del pasado a los que el chico solo conocía por rumores. 

Niño y gato atravesaron el pórtico y penetraron a aquella catedral posada sobre la nada. Bajaron por una larga escalera mecánica que solo conservaba los peldaños y observaron las tiendas y los carteles publicitarios escritos en idiomas desconocidos, que al muchacho le parecieron arcanos. 

—¿Dónde estamos? —dijo el chico. 

El gatito rasguñó el bolsillo del muchacho y saltó sin aviso. Giró la cabeza para observar al chico y luego cortó por un pasillo hasta perderse de vista. 

—Regresa —dijo el chico. 

Corrió tras él arrastrando la pierna lastimada y resbaló en las cerámicas que milagrosamente conservaban su brillo luego de las sucesivas capas de polvo acumuladas por los años. Se encontró en medio de un inmenso hall, de una bóveda de ochenta metros de altura, con restos de cristales pavonados que alguna vez habían brindado sombra. Quince niveles, cientos de tiendas en las que podía encontrarse su gato. Un escenario más confuso que el desierto, un templo que solo pudo ser fabricado por seres poderosos. Las imágenes intermitentes de los antiguos visitantes, el ajetreo fantasmal de otra época en donde las cosas funcionaban de manera distinta estaban impregnadas en el edificio. 

—Gatito, ¡gatito! —dijo el chico y continuó llamándolo hasta que la voz se le hizo un hilo y el corazón se le apretó y muerto de pena se abrazó las rodillas, meciéndose como el niño pequeño que era. Y con los pulgares en los ojos, intentó parar las lágrimas que le salían a chorros, porque ahora estaba completamente solo. 
—Gatito —dijo. 

Oyó el maullido. Lejano y diminuto, el mismo maullido que había escuchado el día en que lo rescató. Se pasó el dorso de la mano por los ojos y siguió su voz atentamente, sigiloso para no espantarlo. Pudo ver su sombra en el fondo de un corredor y el gato lo miró con sus brillantes ojos y saltó para que lo siguiera. 

—No me vuelvas a dejar solo —dijo el chico sorbiéndose la nariz. 

Al final del corredor había una piscina con forma de riñón, de color celeste, y estaba llena de agua cristalina que manaba a chorros de la boca de una escultura corporativa. Y alrededor de la piscina había pasto y un árbol frutal que el chico desconocía y en aquel último reducto de la memoria de los hombres había otros objetos que funcionaban y el chico pensó que aquello era una ofrenda que debía tomar antes de que le fuese arrebatada. 

Se quitó la chaqueta, los pantalones, las botas, todo muy lentamente y luego introdujo la mano en la piscina y con la palma ahuecada le dio de beber al gato. 

—¡Espérame! —le dijo. Se paró en el primer escalón de la escalera y tocó la superficie del agua con la punta del pie. Tomó aliento y estirando los brazos por sobre la cabeza, se sumergió en aquellas prístinas aguas, dejándose llevar por la corriente mientras el gatito lo observaba desde el borde de la piscina. 

fin