Una sonrisa entre sus bigotes
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Una sonrisa entre sus bigotes
Juan Ignacio Colil Abricot

Si pude llegar a las orillas de esta historia fue simplemente porque no quiero que se extravíe entre mis recuerdos. Recién ahora que estoy viejo me atrevo a hacerlo antes que el olvido la arrastre una vez más hacia las zonas perdidas.

 

En ese tiempo yo era un niño y junto con algunos amigos visitábamos la casa de Rodrigo, quien era nuevo en el barrio. Lo habíamos conocido en la plaza unos días antes. Él se había acercado a nosotros y desde esa tarde nos habíamos hecho inseparables. Rodrigo no vivía «en el barrio», sino unas cuadras más hacia el norte, donde las casas eran más grandes y tenían jardines amplios con árboles crecidos. Su casa era muy particular; de hecho, nosotros pensábamos que estaba abandonada porque estaba cubierta de enredaderas y los árboles de la entrada no dejaban verla desde afuera. No tenía lo que se llama un auténtico jardín, sino un montón de plantas y malezas que crecían sin ningún orden. El patio estaba desordenado, lleno de cajas y cajones de madera. Era como si no hubiesen terminado de instalarse o estuviesen a punto de partir. Su mamá nos recibía muy contenta, nos sonreía y nos daba leche con frutilla que ella misma hacía en una juguera que yo consideraba que era el aparato más moderno que podía existir. De su papá no sabíamos mucho. Casi no hablaba de él y nunca lo veíamos. Decía que por su trabajo siempre tenía que viajar fuera de Chile. En esos años nos parecía que viajar fuera del país era como volar a otro planeta.

 

Una tarde nos quedamos jugando en su pieza, estaba él, el Toño y yo. Su mamá nos dijo que iba a comprar, que nos quedáramos tranquilos y que a la vuelta nos prepararía algo para comer. Siempre nos hacía unas comidas muy especiales, distintas a lo que estábamos acostumbrados. Nos quedamos en la pieza revisando las revistas que Rodrigo tenía. Decenas de revistas de historietas que su papá le traía de otros países. Algunas no la podíamos leer porque estaban en otro idioma, solo mirábamos los dibujos. En un momento me asomé por la ventana que daba al jardín. Se veían los árboles, unas mesas y un auto antiguo. Fue en ese momento que lo vi. Un gato estaba sentado sobre el techo del auto y me estaba mirando o por lo menos yo sentí que me miraba de forma directa. Me puse nervioso y dejé de mirar por la ventana y volví a las revistas. Le pregunté a Rodrigo si tenía un gato y me dijo que no, que su mamá era alérgica a ellos. En su rostro algo cambió. Como si yo hubiese dicho algo malo. Él se asomó a mirar por la ventana y no se volvió a sentar hasta que se convenció de que no había nada. Busca al gato, pensé.

 

Dejé de jugar y le dije a Rodrigo que iba al baño. Había uno en el fondo del pasillo. Era amplio. No se comparaba con el de mi casa. Un gran espejo. Siempre estaba reluciente. De haberme quedado en la pieza quizás ni siquiera guardaría el recuerdo de esos años.

 

Caminé por ese pasillo de tablas que crujían. Me sentía intranquilo, el gato ese me había puesto nervioso. Justo cuando iba a entrar al baño sentí un ruido en la habitación que estaba al lado. Sin pensarlo abrí la puerta para saber de qué se trataba. Era una habitación oscura, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz me di cuenta de que era una biblioteca. Yo nunca había estado en un lugar como ese. Me quedé hipnotizado viendo los libros. Me costaba leer los títulos hasta que me di cuenta de que estaban escritos en un idioma que no conocía. Fue en ese instante que sentí algo entre mis piernas. Cuando miré, me crucé con la mirada de un gato. Era el mismo felino que había visto hace un rato sobre el techo de aquel auto antiguo.

 

Fue solo un instante. El gato caminó hacia una de las paredes y lo seguí; se metió por detrás de unos anaqueles y lo seguí. Parece que deseaba mostrarme algo. Era un gato viejo, su pelaje era blanco con negro. Me miraba como si quisiera decirme que me mantuviera en silencio. La habitación me parecía más grande de lo que me había imaginado al principio. Los estantes con libros me parecían cada vez más altos y largos. El gato seguía delante de mí unos pocos pasos. No maullaba, se mantenía atento. Entonces al final de los muebles el gato me mostró un escritorio. De un salto se subió a la superficie y comprendí que el gato quería que yo viera lo que estaba ahí. Era como si el gato me hubiese elegido para una misión.

 

Sobre el escritorio había unos libros y un viejo álbum de fotos. Comencé a revisarlo y tuve que sentarme de la impresión. Las primeras eran fotos muy antiguas. Eran en tonos sepia. En ella aparecía Rodrigo de la mano de su mamá. Quizás podía tratarse de algunos antiguos parientes. Seguí revisando el álbum y en todas las fotos aparecían ellos iguales. Incluso a veces con la misma ropa, solo cambiaba el fondo. Las calles se iban haciendo más modernas, igual que los edificios y los vehículos. Era como si solo cambiara el decorado. Rodrigo y su mamá aparecían en distintas ciudades y en distintos tiempos. No aparecían otras personas, ni siquiera en segundo plano. Era como si siempre hubiesen existido de la misma forma. Sus rostros siempre se mantenían serios, distantes, desafiantes. Esas fotografías eran solo una prueba para ellos. Y pensé que con el Toño estábamos ahí por una trampa. El tal Rodrigo no era quién decía ser y su mamá tampoco. Entonces comprendí que el gato me estaba dando un aviso. Cuando lo quise buscar con la mirada ya no estaba. Salí lo más rápido que pude de la biblioteca y volví a la habitación tratando de aparentar tranquilidad.

 

Rodrigo estaba sentado en el suelo y el Toño estaba frente a él y parecía que tenía sueño porque se le cerraban los ojos, entonces sin pensarlo lo tomé de una mano y le dije a Rodrigo que nos íbamos. Rodrigo me miró como si hubiese dicho algo horrible y me dijo que todavía no, que nos quedáramos un rato más, entonces, no sé cómo, me hice de un ánimo que no me conocía y lo empujé. Él ni siquiera alcanzó a reaccionar y se cayó de espaldas. Tomé al Toño, que no dejaba de hablar incoherencias, y bajé las escaleras. No me detuve a mirar qué había sucedido con Rodrigo. El gato me esperaba abajo y eso me dio confianza. Traté de abrir la puerta principal, pero me fue imposible. La casa me pareció muy grande, como si en esas circunstancias se hubiera expandido y las tablas del suelo se hubiesen vuelto blandas. En mi cabeza se mezclaban las viejas fotos que había visto, la imagen de Rodrigo y su mamá, la forma extraña en que nos habíamos conocido, porque recién en ese momento me di cuenta de que había sido muy extraño que él simplemente haya llegado hasta nosotros un día en que estábamos en la plaza. Pero no podía perderme, el Toño parecía que se iba a caer de sueño y no dejaba de hablar incoherencias. El gato corría un metro delante de mí y así fue como me mostró una ventana que estaba en la cocina y que daba hacia el patio. La rompí y como pude saqué al Toño, luego caminamos por el patio y saltamos por el muro que daba a la plaza donde habíamos conocido a Rodrigo. El gato siempre iba dos pasos adelante. Llevé al Toño a mi casa y lo dejé durmiendo. Yo me quedé sentado a su lado, sin saber lo que había ocurrido. Descubrí que tiritaba y que esas imágenes no podían abandonarme. Me atreví a mirar por la ventana y vi que el gato caminaba otra vez con destino a la casa de Rodrigo. En un momento se detuvo y me miró. Quise llamarlo, pero comprendí que era una despedida y creo que alcancé a distinguir una sonrisa entre sus bigotes.

 

Los días siguientes supimos que Rodrigo y su mamá habían dejado la casa. Una vecina dijo que se habían ido una noche. Un viejo dijo que no había visto nunca a nadie en esa casa abandonada. El Toño nunca recordó nada de ese día y con los años nos perdimos en el tráfico de la vida. A veces me asomo por la ventana y trato de encontrar a ese viejo gato sobre los techos, antes que mi memoria lo borre para siempre.